El pasado mes de julio, el Reino Unido hizo efectiva una ley para proteger a los menores en Internet. La ley obliga a los proveedores a poner en marcha sistemas de verificación de edad. El primer efecto de la ley fue que los usuarios comenzaron a toparse con sistemas de verificación de edad por todas partes, incluso en páginas y plataformas que no necesariamente son para adultos. La respuesta del público no se hizo esperar y fue contundente. Según datos del observatorio de ProtonVPN, las descargas del popular servicio para crear una capa de anonimato al navegar por Internet experimentaron un pico del 1.400% en los días posteriores a la entrada en vigor de la ley.
El tira y afloja no es para nada nuevo. Los partidos políticos llevan años tratando de regular los contenidos en Internet, pero en los últimos dos años Europa se ha inmerso en una fiebre regulatoria cuyo objetivo es restringir el acceso de los menores de edad a los contenidos sensibles que circulan por Internet. No se trata solo de limitar el acceso al porno, sino también de poner coto a esos otros incansables generadores de idiocia conocidos popularmente como redes sociales. Para limitar el acceso de los menores de edad es necesario instalar un sistema que verifique la edad legal, y ahí es donde comienza el lío.
Para certificar la mayoría de edad, el usuario debe aportar algún documento con validez oficial que contenga la fecha de nacimiento como el pasaporte o el DNI, pero esos documentos contienen mucha más información sensible. Comprensiblemente, la mayor parte de los mortales no se siente nada cómoda teniendo que mostrar esos datos a empresas que perfectamente pueden ceder la información a terceros con fines publicitarios. Y eso en el mejor de los casos. El Reino Unido cometió precisamente ese error al optar por la solución más fácil para ellos, que consistía en trasladar la obligación de instalar una pasarela de verificación de edad a los proveedores de contenido. Fue ese miedo a ceder datos privados a según qué páginas el que disparó el uso de VPNs en el Reino Unido al poco de entrar en vigor la ley.
Un sistema de verificación de edad necesariamente opera con datos privados de las personas, y por tanto debe hacer gala de una seguridad a prueba de bombas. Eso es precisamente lo que la Unión Europea está tratando de lograr con el lanzamiento de una app oficial de verificación de edad para todo el territorio de la UE.
La app busca ser un intermediario seguro entre los datos del usuario y la página a la que desea acceder. Imagina PayPal, pero para tus datos personales en lugar de bancarios. En teoría, el usuario solo tiene que registrarse en la app con un documento válido y es la app la encargada de comunicar al proveedor de contenido si la persona que está intentando acceder es mayor de edad o no.
Por ahora, la app de la UE no es obligatoria y aún no está disponible de manera fácil y transparente para los usuarios. En su página web oficial puedes leer más sobre cómo funciona o cómo instalarla, tanto si eres usuario, como si quieres basarte en ella para tu sistema de verificación de edad. A la iniciativa no le faltan detractores. Por una parte, hay quien apunta que la app no es tan segura como cree el gobierno de la UE y avisan de que terminará siendo el blanco de hackeos por lo goloso de los datos que almacenará. Otros acusan a Bruselas y a los gobiernos de los estados miembros de utilizar la protección de los menores como excusa para crear un censo en línea y acabar con la privacidad en Internet. Visto cómo está el panorama, quizá quieras instalar una VPN.
¿Qué hace (y qué no hace) una VPN?
Las VPN son servicios en línea que redirigen el tráfico hacia un servidor remoto privado. De esa manera enmascaran la dirección IP del usuario haciendo que parezca que se está conectando desde otro país. ¿Para qué sirve esto? Normalmente para poder acceder a páginas web y aplicaciones censuradas en el país en el que nos encontramos. No hace falta vivir en Corea del Norte. Desgraciadamente, cada vez hay más gobiernos que bloquean aplicaciones y servicios sencillamente porque no se alinean con sus intereses. Usar una VPN nos permite saltarnos ese bloqueo. También es frecuente llevarla como herramienta de viaje si vamos a viajar a un país en el que existe censura digital o bloqueo a redes sociales.
No falta quien usa las VPN para intentar saltarse los límites geográficos de ciertas plataformas de contenido como Netflix. Es posible usar una con este objetivo, pero el problema es que muchas de esas plataformas no funcionan si detectan que la conexión a Internet está usando un servicio para enmascarar la IP. Eso por no mencionar que las VPN ralentizan notablemente la velocidad de la conexión, por lo que no son lo más adecuado para actividades como ver vídeo en 4K o jugar a videojuegos online. Por otra parte, hay servicios que funcionan de manera normal dentro del país para el que han sido diseñados, pero no desde fuera. Es un caso habitual en algunos bancos y entidades financieras que dan error cuando intentamos acceder a ellas mediante VPN porque lo detectan como un intento de conexión desde el extranjero.
Una buena razón para usar una VPN que a menudo pasamos por alto está en las redes wifi públicas. Enmascarar nuestra IP cuando nos conectamos desde el aeropuerto, la estación de autobuses o el museo de turno es una medida de higiene digital que pocos tienen en cuenta. La razón no es tanto que haya un hacker esperando a que nos conectemos para atacarnos, sino la cantidad de sistemas de rastreo y recogida de datos con fines publicitarios que hay en este tipo de redes gratuitas.
Los VPN nos permiten conectarnos como si estuviésemos en un país diferente.
Un detalle importante que hay que entender es que estas herramientas no son antivirus. No nos protegen de descargar archivos maliciosos, ni evitarán que hagamos clic en un correo de phishing y nos limpien la cuenta corriente. Lo que son es una herramienta de privacidad pensada para que ni empresas ni instituciones vean en qué páginas entramos, qué aplicaciones usamos o qué servicios contratamos. En ese sentido merece la pena mencionar que tampoco proporcionan anonimato total. La empresa que nos provee del VPN tiene acceso a nuestros datos reales y puede cederlos a las autoridades competentes si recibe un requerimiento legal.
El último mito muy extendido sobre las VPN es que son complicadas de usar. Aunque su función puede sonar muy técnica, su funcionamiento de cara al usuario es muy simple. La mayor parte de usuarios no va mucho más allá de usar un único botón para activar y desactivar la VPN. Pocas apps pueden presumir de una interfaz tan sencilla.
¿VPN gratis o de pago?
La respuesta a esa pregunta depende mucho de nuestras necesidades. Si simplemente necesitamos la VPN para superar la censura de un país en el que estamos de visita, proteger nuestra conexión en una wifi pública o acceder de manera ocasional a servicios limitados geográficamente, una gratuita es más que suficiente. Mi recomendación para todos estos casos es Proton VPN con los ojos cerrados. Proton ofrece datos ilimitados gratis y está disponible para todas las plataformas incluyendo algunas bastante exóticas como Apple TV, Android TV y Fire TV. Su servicio brilla especialmente en las versiones para dispositivos móviles iOS o Android.
Si necesitamos VPN para un equipo Windows o Mac, también podemos usar ProtonVPN, pero mi favorito es TunnelBear siempre y cuando no nos importe su límite de tráfico de 2 GB. Si necesitamos datos gratuitos ilimitados, la mejor alternativa a Proton es NordVPN. Nord es, de hecho, uno de los que mejor funcionan para liberar las limitaciones geográficas de Netflix. Otra buena alternativa si lo que buscas es un VPN para servicios de streaming es PrivadoVPN, que incluso permite el uso de clientes Torrent a través de sus servidores.
Los VPN de pago permiten seleccionar servidor y tienen mayor ancho de banda.
La clave de los VPN gratuitos es precisamente esa. Todos cuentan con algún tipo de limitación. La más usual es que no podemos elegir el servidor desde el que nos vamos a conectar, lo que puede ser molesto si necesitamos pasar por un país concreto. Otra limitación clásica es la cantidad de datos que podemos pasar por la VPN cada mes, o el número de dispositivos en los que podemos instalar el servicio desde una misma cuenta.
Todas estas limitaciones se evaporan en el momento en el que decidamos contratar un plan de suscripción, algo que deberían considerar todos los que necesiten una dosis extra de privacidad porque, por ejemplo, trabajan con datos confidenciales. Los planes de pago ya permiten elegir desde qué país queremos enmascarar nuestra conexión, y a veces hasta desde qué ciudad. También cuentan con otras herramientas como pseudónimos para proteger nuestra dirección de correo, instalación en múltiples dispositivos y soporte a streaming con un ancho de banda mucho más generoso que el de las VPN gratuitas.
Los precios de las opciones de pago suelen rondar entre los 3 o los 5 dólares mensuales, una cifra irrisoria comparada con la de otras suscripciones. En cuanto a qué versión de pago elegir, de nuevo ProtonVPN es mi favorita, especialmente por sus servicios de correo añadidos. NordVPN y PrivadoVPN son las opciones a considerar para servicios de streaming, mientras que TunnelBear es el que mejor enmascara la localización. Llegado este punto, ya solo queda cruzar los dedos para que las mismas autoridades que parecen empeñadas en saber todo lo que hacemos online no decidan limitar el uso de VPN. Francia ya lo está considerando.
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El pasado mes de julio, el Reino Unido hizo efectiva una ley para proteger a los menores en Internet. La ley obliga a los proveedores a poner en marcha sistemas de verificación de edad. El primer efecto de la ley fue que los usuarios comenzaron a toparse con sistemas de verificación de edad por todas partes, incluso en páginas y plataformas que no necesariamente son para adultos. La respuesta del público no se hizo esperar y fue contundente. Según datos del observatorio de ProtonVPN, las descargas del popular servicio para crear una capa de anonimato al navegar por Internet experimentaron un pico del 1.400% en los días posteriores a la entrada en vigor de la ley.