El español Miguel Barreno regresa tras pasar más de seis meses detenido por el ICE en Estados Unidos: “Se te va apagando la vida”
El ciudadano capturado por la policía migratoria de Trump en Chicago aterriza en Madrid con un salvoconducto y denuncia la odisea a la que fue sometido desde el pasado octubre
Alrededor de las seis y media de la mañana del pasado 28 de octubre Miguel Barreno López, ciudadano español, se dirigía en su coche a la fábrica de comida india en la que trabajaba cerca de la ciudad de Carol Stream, a las afueras de Chicago. Lo acompañaban tres personas más, todas ellas nicaragüenses. De repente, se les acercó un vehículo y los obligó a parar. Barreno intuyó enseguida lo que estaba pasando. “Estos no son de la policía”, pensó para sus adentros. Eran agentes del ICE (el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, por sus siglas en inglés), las unidades parapoliciales a las que la Administración del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha dado carta blanca para perseguir y detener a extranjeros en situación irregular. Así comenzó “un infierno” cuya salida empezó a entrever tras denunciar su abandono en una llamada telefónica a EL PÁIS.
Han transcurrido más de seis meses y el domingo 3 de mayo Barreno aterrizó en Madrid. Mientras cruzaba el Atlántico sentado en el asiento 29-D del vuelo número 126 de American Airlines, sin maletas ni mochila y con un salvoconducto guardado en una carpeta, repasó el periplo kafkiano en el que estuvo atrapado y vislumbró una nueva vida en España. Barreno pasó las Navidades en un centro de detención del Estado de Indiana y cumplió 39 años en otro correccional, rodeado de presos comunes, en Kentucky. En su relato, sentado a una mesa de un restaurante de comida rápida en la T-4 del aeropuerto Adolfo Suárez de Barajas, se amontonan las fechas, las imágenes y las emociones.
Barreno vivía con su pareja, Leticia Centeno, en un apartamento en Chicago. Cobraba desde hace años 800 dólares [unos 684 euros] a la semana. “Allá tenía mi carrito, estaba al día con los pagos y el seguro. Éramos trabajadores, pagábamos el apartamento a fin de mes, nos íbamos por ahí los fines de semana, salíamos a comer, nos íbamos de compras. Lo normal, pero todo eso antes, porque no estábamos perseguidos”, relata. Se conocieron en Madrid, donde él creció, hace aproximadamente una década. Ella es nicaragüense y, cuando decidió volver a su país, primero, y luego migrar a Estados Unidos, Barreno optó por seguirla. Compró un billete a Chicago, entró como turista y se quedó. Desde entonces, en noviembre de 2017, empezó desde cero. Su pasaporte y su DNI vencieron, pero se sacó un carné de conducir y con esa documentación pudo vivir sin mayores complicaciones en una ciudad considerada “santuario”, como Nueva York o Los Ángeles, por sus políticas de acogida con los migrantes.
Fue precisamente a través de la licencia de tráfico que los agentes del ICE lograron su historial migratorio. Barreno recuerda con nitidez esos momentos, empezando por los golpes en la ventanilla. “Pum, pum, pum. Yo me callé porque pensé: ‘Tengo mis derechos y ellos no me los han leído”. Sin embargo, los métodos, expeditivos en el mejor de los casos, de este cuerpo federal no admiten réplicas y tampoco el silencio. Y lo que vino después muestra que en realidad, para el ICE, no tenía derechos.
Le preguntaron si su visado de turista estaba caducado y contestó que sí. Así fue trasladado, junto con los otros pasajeros, al centro de detención más próximo. “Una vez allí, una agente me interrogó y me dio fecha para comparecer ante la corte el 17 de noviembre. Luego nos llevaron a un cuarto con decenas de personas en un espacio reducido. Tuvieron que poner un ventilador, porque había mucha gente que se estaba ahogando. Y sobre las cuatro de la mañana nos trasladaron, esposados de pies y manos. Como en las películas”.
La siguiente etapa fue el centro de detención de Brazil, un municipio de Indiana. Allí esperó hasta la audiencia del 17 de noviembre, que se realizó por videollamada desde ese presidio. “Me presenté sin abogado. El caso es que la jueza me dijo que no tenía opciones para pedir asilo y que no tengo hijos nacidos en Estados Unidos. No tenía nada allí, la verdad. Tampoco tenía antecedentes, entonces la única vía para terminar esto, me dijo, era la salida voluntaria. En ningún momento habló de deportación”, asegura.
Hacia una salida
Barreno se quedó con esa idea, aunque finalmente fue deportado y tiene prohibido volver a Estados Unidos en al menos 10 años. Tras comparecer ante la jueza estuvo a la espera de la resolución administrativa de su caso, que según su relato se quedó en un limbo entre las autoridades locales, el ICE y el Consulado de España en Chicago, aunque fuentes diplomáticas españolas en Estados Unidos mantuvieron haberle ofrecido un salvoconducto ya en noviembre. En cualquier caso, tras pasar las Navidades en el centro de Indiana, después de Reyes un funcionario avisa a Barreno: va a salir. “Fue el día 7 o el 8, creía que ya me iba, pero todavía no estaba arreglado. Me dijeron que me trasladaban a otra cárcel, en el condado de Kenton, en Kentucky”. Allí pasó casi cuatro meses conviviendo con presos comunes y otros 15 extranjeros a la espera de una expulsión. El centro, utilizado para detenciones temporales, no tenía celdas, sino módulos separadores. “A mí me pasa algo en esa cárcel, me dan un golpe, cualquier cosa, ¿y qué hago? ¿Cómo me defiendo? Ahí lo pasé mal, realmente mal. Estar sin libertad es lo peor que te puede ocurrir. Es como que se te apaga todo. Se te apagan los contactos que tienes, se te va apagando el corazón, la vida, te vas degradando hasta el suelo“, rememora.
Fue a finales de marzo cuando el Consulado de Chicago vuelve a localizarlo en aquel centro, desde donde podía realizar una llamada diaria de 15 minutos. “Me dijeron que lo único que hacía falta era un documento [para acreditar su identidad]. Mi pasaporte estaba vencido, aunque por suerte en mi cartera tenía el DNI, también caducado. Entonces le hicieron una copia y se lo mandaron”, relata. “Después de eso, me llamaron otra vez y ya sí que ya era la definitiva, ahora sí ya que me iban a llevar a Chicago. Allí en el Consulado me recibieron el cónsul y su esposa, muy amables. Me hicieron el salvoconducto y me dieron la mano”.
Barreno, sin embargo, tuvo que esperar todavía una semana más bajo custodia, pues el ICE le compró el billete para el 2 de mayo. Le acompañaron al aeropuerto, hasta la puerta de embarque. Llegó a Madrid con la misma ropa que llevaba el día de la detención, unas zapatillas deportivas, una sudadera negra con capucha y unos vaqueros grises. En un sobre, un puñado de pertenencias: un llavero de cuero con el escudo de Nicaragua en relieve, el móvil, un reloj inteligente, el salvoconducto y las órdenes de deportación.
—¿Cómo se siente?
—¿Sabes qué significa para mí hablarte a ti, hablarle a cualquiera y que todos me entiendan? Eso es.