Ir al contenido
_
_
_
_

Museos de autor, el mejor cuerpo a cuerpo con la obra de un artista

Las viviendas y talleres de Eduardo Chillida, Joaquín Sorolla, César Manrique, Joan Miró o Apel·les Fenosa son espacios que cautivan a un público cada vez más numeroso

El pintor y escultor César Manrique en la zona de servicios comunes de su casa de Taro de Tahíche en 1984.Fundación César Manrique

Dentro del variado catálogo de ofertas museísticas hay una especialidad que cada día cuenta con más devotos. Son los conocidos como museos de autor, creados en el mismo lugar donde el artista vivió y creó su obra. La recreación más o menos realista de estos espacios cautiva a un público cada vez más numeroso, porque no solo están llenos de claves que enriquecen el conocimiento de los investigadores. También los visitantes consiguen una experiencia que les hace sentirse más próximos a la obra del artista.

Paloma Alarcó, jefa de Conservación de Pintura Moderna del Museo Thyssen-Bornemisza y comisaria de exposiciones, opina que descubrir el mundo privado e íntimo de los artistas es una tendencia imparable de gran interés para los estudiosos, porque es la mejor manera de rebuscar en las entrañas de la obra de arte.

Por su trabajo, Alarcó ha tenido la oportunidad de visitar numerosos museos de artista. Uno de los que más le entusiasmaron es el dedicado al legado de Georgia O’Keeffe, dividido en dos ubicaciones en Santa Fe y Abiquiu, ambas en Nuevo México (Estados Unidos). Le parece espectacular también la manera en la que se expone el taller de Joan Miró en su Fundación de Palma de Mallorca y confiesa que uno de sus favoritos es la casa museo de Claude Monet, en Giverny (Francia). Cuenta que este es un ejemplo del conocimiento que se puede ofrecer sobre un artista. “Acabas sabiendo cosas que parecen meras curiosidades, como que le gustaba cocinar. Y te enteras también de algo tan relevante como que él decidía al detalle cómo iban a ser los jardines que luego pintaría. Primero sembraba los bulbos y esquejes. Cuando el jardín brotaba como había planificado, lo pintaba. Lo mismo hacía con los nenúfares en los estanques”, añade. “Las cartas y los dibujos que dejó en su taller certifican que no retrataba lo que se encontraba. Sus pinturas estaban planificadas al detalle”.

Que la vivienda y lugar de trabajo de un artista acabe convertida en museo suele depender del propio autor y de sus herederos. Algunos de los casos más famosos y exitosos son la Casa Azul de Frida Kahlo, en Coyoacán (México); la casa-estudio de Louise Bourgeois, en Nueva York; el Museo Rodin, en Meudon (Francia); el Palacio Fortuny, en Venecia, o el Joaquín Sorolla, en Madrid. Las instituciones culturales no siempre colaboran, por lo que la mayor parte dependen de sus propios ingresos.

César Manrique, sobre cinco burbujas volcánicas

En España, uno de los museos de autor más espectaculares es la Fundación César Manrique. Su director, Fernando Gómez Aguilera, cuenta que la apertura del centro en Taro de Tahíche, en Lanzarote, antigua casa de Manrique, nació en 1992 vinculado a la presentación pública de su Fundación en vida del artista. El director opina que su principal activo es el propio edificio. “En origen fue una vivienda construida por Manrique en una colada de lava a finales de los sesenta, tras su regreso de Madrid y Nueva York para reinstalarse definitivamente en Lanzarote. El edificio, de más de 2.000 metros cuadrados, reinterpreta con actitud moderna la arquitectura popular de la isla en la planta principal, en tanto que en el nivel inferior adapta como habitáculos cinco burbujas volcánicas naturales, conectadas por el artista, y agrega un espacio de ocio común donde se instala la piscina, una pequeña pista de baile y una barbacoa de inspiración pop”. En la parte puramente museográfica (actualmente en revisión), se exhibe su pintura y escultura más ambiental; trabajos de diseño muralismo y una manera de habitar que convierte la vida en arte (“El arte de vivir”), en palabras del director.

La poderosa relación con la naturaleza es también uno de los mayores atractivos de Chillida Leku, el museo en el que se encuentra la obra más representativa del escultor. Situado a las afueras de Hernani, muy cerca de San Sebastián (Gipuzkoa), se compone de un paraje de esculturas al aire libre y un espacio de exposiciones en el interior del caserío de Zabalaga.

Mikel Chillida, nieto del escultor y director del museo desde el 1 de abril, afirma que la seña de identidad de su museo estriba en que Chillida Leku responde a los principios, valores y procesos del propio artista. “Cuando hablamos de este lugar, tenemos que entender que se trata de la obra de un autor. Mi abuelo dedicó los últimos 20 años de su vida a la construcción de un hogar para sus obras. Desde el comienzo consideró este sueño un proyecto, no un estudio o un taller, sino un algo a lo que fue dando forma de la misma manera que trabajó cualquiera de sus obras. Siguiendo un aroma y trabajando en el presente. Si esto no fuera suficiente, aquí vemos las obras en su contexto, cual árbol bien enraizado a su lugar de una manera natural, en un bosque de hayas y robles o en un caserío tradicional del siglo XV”.

¿Cuál sería la información más valiosa que se ofrece desde un museo tan personal como Chillida Leku? “Existen capas y contextos”, precisa el director. “La información que se comparte con el público en general es la necesaria para la correcta exposición de la obra, que se corresponde con los criterios y convenios generales. Luego existe la propia voluntad del artista, que en el caso de mi abuelo era muy poética, él quería que las obras hablasen por sí mismas y además no quería condicionar más de lo debido a quien contempla la obra, siendo todas las opiniones válidas según él mismo”. Y matiza: “Como museo y como institución, nuestro compromiso es la correcta difusión de su legado y para ello disponemos de guías específicas e información adicional en códigos QR”.

El archivo, además, “está disponible bajo demanda para investigadores, comisarios y demás profesionales, aportando una última capa de mucho valor para estos perfiles específicos. Somos el epicentro del universo Chillida, tenemos un compromiso férreo con la correcta puesta a disposición de su legado tangible e intangible, un lugar de referencia. Y nos encanta serlo, es nuestra razón de ser”, presume.

La hospitalidad de Fenosa

Cada museo de artista se ajusta a la personalidad de quien habitó entre sus paredes antes de formar parte de la historia. En el caso del escultor catalán Apel·les Fenosa hay que conocer su Fundación en Es Vendrell, Tarragona, para descifrar un estilo único que se balancea entre la modernidad y el clasicismo. Desde que Nekane Aramburu empezó a dirigir el espacio en 2022, su objetivo ha sido difundir un legado tan extraordinario como desconocido. Muy ligado a Picasso y a su entorno (el malagueño fue su mayor coleccionista), Fenosa y su esposa, Nicole Florensa, compraron en 1958 el palacete renacentista sobre el que se asienta el museo.

Exiliados en Francia desde el final de la Guerra Civil, destinaron cada planta del edificio a una actividad diferente: taller de escultura, de dibujo y el estudio de pintura y grabado de su esposa. La mitad del año vivían en París y la otra mitad en Es Vendrell, con la visita y compañía de numerosos artistas e intelectuales que pasaban tiempo junto a los Fenosa.

Aramburu ha recuperado ese sentido de la hospitalidad de la pareja en forma de residencias para artistas, de manera que el patrimonio se exhibe en la primera planta y en las superiores se encuentran espacios para “acompañar y ofrecer hospitalidad para la investigación y la creación. Este es un lugar de encuentro, una casa abierta donde se fusiona patrimonio, hospitalidad y creación”, remata Aramburu.

Recreaciones innecesarias

El interés suscitado por los museos llamados de autor ha hecho que proliferen recreaciones de lo que pudo ser el estudio de un artista. En un reciente reportaje del diario especializado Le Quotidien de l’Art se explica que trasladar el estudio de un artista a un museo no es tarea fácil, tanto por sus ambiciones materiales como narrativas. Los estudios de Francis Bacon, Alberto Giacometti y Constantin Brancusi, tres artistas modernos, son ejemplos singulares de esta forma de museificación de la creación artística. En el caso de Bacon, se desplazó todo el contenido del estudio londinense hasta Dublín. Barbara Dawson, directora del museo, contó en el citado reportaje: “Trasladamos todo, hasta el polvo del estudioNo fue suficiente. Estaban el polvo y sus paquetes de cigarrillos, pero faltaba la autenticidad del taller o la casa en la que han trabajado y vivido los artistas”.

Mikel Chillida no ha podido ver ninguna de estas recreaciones, pero tiene una clara opinión sobre el fenómeno: “No siempre se tienen las herramientas ni la capacidad de activar un espacio de un autor con las condiciones y exigencias que ello conlleva. Muchas veces pienso que tenemos mucha suerte, ya que mi aitona [abuelo, en euskera] construyó este maravilloso lugar que nos permite ser esa ancla tangible en el mundo de lo que es Eduardo Chillida, y creo que todos los artistas querrían su propio Chillida Leku”, aventura.

Aunque luego, mirándolo con perspectiva, añade: “Hace falta un compromiso coral muy férreo para mantenerlo. La familia tiene que estar ahí, pero no sola, tiene que acompañar la sociedad, los visitantes, las instituciones, el tejido empresarial y filantrópico... Son muchos agentes los que hacen que estos lugares sigan fuertes. Mi pensamiento es que no hay proyecto pequeño, no hay espacio de autor, reproducción de taller o estudio que no merezca la pena, siempre que quien esté detrás sea consecuente con poner en marcha un recurso de esta magnitud y responda con responsabilidad y exigencia a los devenires del tiempo”.

Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Archivado En

_
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_