María Eugenia Grillet, la científica que traza los mapas de la malaria en el Amazonas para revelar cómo la deforestación y la minería desatan amenazas contra la salud

Tres décadas atrás, cuando María Eugenia Grillet viajó a la Amazonía para describir el paisaje donde habita una pequeña mosca que transmite la oncocercosis, no solo se sumó a la lucha contra esta parasitosis: encontraba su vena social en la ecoepidemiología, algo que ya nunca soltaría en su camino científico.
María Eugenia Grillet
María Eugenia Grillet traza los mapas ocultos de la malaria en la selva amazónica venezolana para revelar cómo la deforestación y la minería ilegal desatan amenazas locales contra la salud pública global.JIMENA DUVAL

María Eugenia Grillet inicia esta entrevista con un alegre: "¡Acabo de venir un fin de semana de una salida de campo de un curso de parasitología de otra colega y aprendí muchas cosas!”, dice la bióloga para WIRED en Español. Un gesto que, después entenderé, la describe: es una apasionada de la ciencia.

“Mi carrera, más que un oficio, sería mi forma de vida”. Así lo asumió desde que estudiaba biología en la Universidad Central de Venezuela (UCV). Luego de tres décadas, continúa dedicada a la ecoepidemiología de enfermedades transmitidas por insectos vectores, ahora como investigadora jubilada activa del Instituto de Zoología y Ecología Tropical de la UCV.

Algunas de las investigaciones en las que se ha embarcado constituyen las bases para el control de enfermedades tropicales emergentes y reemergentes en su país. Con María Eugenia Grillet entendemos que leer las heridas de la Amazonía es, también, un asunto de salud pública.

A finales de febrero de este año, veo que dedicó parte de su tiempo en X a responder dudas ciudadanas sobre la fiebre amarilla y la vacunación, justo después de que Venezuela anunciara un brote activo de esta enfermedad que, hasta el momento, ha dejado 36 casos humanos confirmados y 19 fallecidos, además de epizootias (monos muertos) en ocho estados.

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Mientras informa en redes, advierte que la cobertura de vacunación en Venezuela es baja, del 71%, cuando debería superar el 90%. Expone que, aunque el brote comenzó en junio de 2025, las autoridades venezolanas lo mantuvieron en silencio durante ocho meses. Observar estas enfermedades implica también reconocer las injusticias que la propician.

Originaria de Caracas, hace dos años se mudó a Colombia, mas su labor científica sigue anclada a Venezuela y su mirada permanece atenta a su país. En redes sociales lo mismo escribe sobre enfermedades tropicales, que repostea historias de presos políticos y denuncias por daños ambientales. Es otra forma en que Grillet traza mapas urgentes.

Antes lo hizo a través de sus investigaciones sobre oncocercosis en la Amazonía. A aprtir de la década de 1990, sus hallazgos han contribuido a comprender los mecanismos de transmisión de esta parasitosis y han orientado estrategias de control en Latinoamérica y África.

Sus trabajos sobre la malaria han demostrado que existe mayor riesgo de transmisión en los bosques fragmentados. Uno de sus artículos más recientes, del que es coautora, lo señala con claridad: durante los últimos 50 años, los eventos epidémicos de malaria en la región amazónica han estado precedidos por deforestación.

Según la Red Amazónica de Información Socioambiental Georreferenciada, tan solo entre 2000 y 2020, la región amazónica perdió un 9% (54,500 millones de hectáreas) de superficie forestal.

“Con la malaria, finalmente hemos entendido, después de muchos años de investigación, cómo las dinámicas espaciales locales relacionadas con la ecología del insecto vector son relevantes para la persistencia y control de la enfermedad a una escala mayor”. Sus estudios muestran que preservar el bosque amazónico es tener más salud.

La colaboración como estrategia contra la crisis

Hacer ciencia en Venezuela durante la última década ha sido cada vez más desafiante. Grillet explica que la crisis económica, agudizada a partir de 2013, afectó los sueldos de los profesores, que comenzaron a disminuir hasta ser "insuficientes para la supervivencia”. La situación hizo emigrar a cientos de científicos. Según un reporte de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos sobre migración forzada, más de 7 millones de personas en Venezuela han abandonado el país desde 2015. En 2019, Flor Pujol, de la Asociación de Investigación del Instituto Venezolano de Investigación Científicas, indicó que 30% de los investigadores del país habían emigrado.

La crisis también se reflejó en menos estudiantes. De acuerdo con los resultados de la última Encuesta Nacional sobre Condiciones de Vida, entre 2016 y 2024 la cobertura educativa para las personas de  entre 3 y 24 años en Venezuela pasó del 76 al 63%.

El daño se extendió a la reducción progresiva del financiamiento para la investigación. Datos del SCImago Journal and Country Rank indican que en 2009 Venezuela estaba en el sexto lugar del ranking latinoamericano de producción científica, medido por la cantidad de artículos publicados por país; para el 2024 llegó al undécimo puesto.

Como la situación no ha ido para mejor, Grillet ha apostado todo a la colaboración. El resultado es una carrera productiva durante los últimos 15 años. “El laboratorio donde me formé y crecí operaba con mucha colaboración con colegas nacionales e internacionales”. Mantener esa dinámica la hizo consolidar vínculos académicos en el exterior, con estancias como académica invitada en laboratorios de Ottawa, Groningen, Albany, Toronto y Reino Unido; lo que en más de una ocasión facilitó el desarrollo de proyectos junto a estudiantes y profesores connacionales.

“Todo progreso de un país tiene su ciencia y en Venezuela, necesitaremos de mujeres científicas para reconstruir nuestro país”, precisa.

De la exploración a la ecoepidemiología

El deseo de ser científica la encontró muy joven y en todos lados. Nació en la capital de Venezuela, pero creció en el sur del país, en la Guayana, de donde era su padre. “Crecí en una ciudad en la confluencia maravillosa de dos grandes ríos, Orinoco y Caroní”.

En las clases de un profesor de bachillerato descubrió que la biología le fascinaba, tanto que le pidió a su mamá un pequeño microscopio, que pronto recibió. La primera muestra que observó fue una gota de agua. Sus lecturas tempranas insistieron en la naturaleza: las exploraciones de Darwin en el Beagle y las de Humboldt por America del Sur.

Entonces se mudó a Caracas para estudiar biología en la universidad más importante de su país, cuyo himno canta “casa que vence las sombras”. Se graduó en 1982 con especialización en ecología. Su tesis abordó el comportamiento de unos peces pequeños que forman cardúmenes en la naturaleza; analizó su capacidad de aprender y desaprender como estrategia para sobrevivir a los depredadores.

De la zoología dio un paso a la ecología, "la ciencia que estudia las relaciones entre los organismos y su entorno, y cómo estas interacciones afectan la distribución, abundancia y organización de los organismos en los ecosistemas”.

Una visita al Amazonas: un viaje de ida

Ya en ese camino, recibió en el laboratorio de la UCV la invitación de una estudiante del entonces Centro Amazónico de Investigación y Control de Enfermedades Tropicales, ahora Sacaicet, para conocer la institución. Viajó a la Amazonía junto con María Gloria Basáñez, hoy reconocida parasitóloga y epidemióloga del Imperial College London, además de colega y amiga de Grillet.

Basáñez le explicó que estudiaban un parásito transmitido por una pequeña mosca del género Simulium, causante de oncocercosis, infección conocida como “ceguera de los ríos”. Esta provoca dermatitis severa y, en los casos más graves, las formas embrionarias del parásito pueden alojarse detrás del globo ocular, comprimir el nervio óptico y ocasionar pérdida parcial o total de la visión.

En ese momento, la infección estaba presente en seis países de América: México, Guatemala, Ecuador, Colombia, Venezuela y Brasil. Ella decidió responder preguntas sobre esta enfermedad. Encontró que la eficiencia de transmisión depende de los mecanismos de defensa de distintas especies de mosca, lo cual influye en la carga parasitaria que transmite a las personas. Estos hallazgos sirvieron para identificar las áreas en las cuales las medidas de control tendrían mayor o menor impacto, según las especies presentes.

Los estudios en los que participó sentaron las bases de un programa regional que usa ivermectina, lo que condujo a la eventual eliminación de la enfermedad en México, Guatemala, Colombia, Ecuador y en el norte de Venezuela. Hoy persiste un último foco activo en el continente; está en la Amazonía, una zona habitada por indígenas yanomamis.

Fue haciendo estos trabajos que la investigadora vio de frente el problema de la malaria. Ambas enfermedades le hicieron ver más allá del microscopio, notar factores ambientales y sociales que cambiaban el juego de la salud. También la llevaron a trabajar con especialistas en medicina, parasitología, epidemiología  y antropología.

“Me imagino que tengo una vena social que ahí se me disparó y sentí que este era mi nicho, donde yo podía incidir sobre las enfermedades. Es en estas investigaciones en donde yo he podido canalizar esa búsqueda constante de una mayor equidad social en mi país y en la región”. Hoy es asesora del Programa de Eliminación de la Oncocercosis en las Américas, y apoya los esfuerzos en África, donde también se propaga la enfermedad. Además, pertenece a diversos comités asesores regionales de la Organización Mundial de la Salud y la Organización Panamericana de la Salud.

Desde el enfoque multidisciplinario necesario para abordar las enfermedades tropicales, su trabajo indaga qué rompe el equilibro de las interacciones de las las especies involucradas en producir infecciones (patógeno-hospedador-vector).

“Al final, la estabilidad o no de estas interacciones dependerá del ambiente donde se desarrollan. Es por ello que debemos entender ese paisaje permisivo y promotor de enfermedades para identificar elementos clave que permitan prevenir una enfermedad, disminuir su impacto o eliminarla", dice la especialista.

Lo que en la pandemia por SARS-CoV-2 se popularizó como Una Sola Salud (One Health), es lo que Grillet ha hecho desde hace décadas bajo el nombre de ecoepidemiología.

La degradación como amenaza a la salud

Mientras en el continente retrocedía la malaria entre los años 2000 y 2015 (pasando de 290 muertes al año a 89), Venezuela vivía un incremento del 375% de casos. Con la crisis económica de 2014, muchas personas migraron hacia zonas mineras al norte, donde se dio el foco más activo de la región.

Los estudios de María Eugenia Grillet y sus colegas demostraron que la minería ilegal de oro a cielo abierto favorece la propagación de la malaria. La extracción implica remover la vegetación y crear fragmentación del bosque, dragar el terreno con presión de agua, crear grandes piscinas de agua y usar mercurio para amalgamar el metal precioso. Una vez que un espacio es explotado, los mineros avanzan a otros sitios cercanos y repiten el proceso, dejando atrás cuerpos de agua estancada.

Estos sitios se vuelven ideales para la reproducción de mosquitos Anopheles, vectores del parásito Plasmodium (que causa malaria), tanto falciparum como vivax. Las hembras ponen sus huevos en el agua y utilizan los parches de bosque degradado como refugio, mientras los huevos se desarrollan.

Ahí, los mineros proveen de sangre a los mosquitos para que sigan reproduciéndose. Cuando los trabajadores se desplazan, transportan al parásito con ellos, encuentran más mosquitos y el ciclo se repite. El resultado: la malaria se dispersa más allá de las minas.

En suma, el trabajo de Grillet muestra que los bordes de bosque degradado favorecen la aparición de nuevas especies de mosquitos potencialmente vectores de Plasmodium, incrementan la presencia de aquellas que antes eran raras o poco abundantes, y refuerzan la persistencia de las especies históricamente implicadas en la transmisión de la malaria.

No todo es desaliento. El año pasado, con un grupo de colegas que estudian la Amazonía, la científica venezolana publicó un artículo demostrando que los bosques conservados en países y regiones de la Amazonia, donde las tierras estaban a cargo de las comunidades indígenas, eran zonas con menos infecciones transmitidas por vectores, menos malaria, menos enfermades parasitarias. Y al ser zonas menos quemadas, había menos enfermedades asociadas a infecciones respiratorias. “Los bosques son profilácticos, si conservamos el bosque, el bosque está sano, los animales están sanos y nosotros estamos sanos. Esto es One Health”.