La catedrática de arqueología y prehistoria Marga Sánchez Romero pertenece a una generación de investigadoras feministas que ha dedicado su carrera a estudiar el papel de las mujeres en las sociedades prehistóricas con ese matiz político, social y económico que tantas veces se obvia.
La arqueóloga, que desarrolla su actividad investigadora en la Universidad de Granada, ha liderado distintas iniciativas para estudiar la preshistoria desde una perspectiva de género, como la Asociación Española de Investigación en Historia de las Mujeres (AEIHM), la AGE. Archaeology and Gender in Europe. o PastWomen, un recurso web donde investigadoras, conservadoras y directoras de museos se dan apoyo para estudiar la cultura de las mujeres en la arqueología.
En conmemoración del 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, reunimos las historias de las doctoras, científicas, emprendedoras, etc, que marcarán el futuro de México y el mundo. Un especial de WIRED en español.
Además de su labor investigadora, que se centra también en otros colectivos olvidados, como personas mayores, con discapacidad o de civilizaciones expoliadas; Marga Sanchez Romero es un referente en divulgación científica.
No nos han enseñado bien la prehistoria, al menos no siempre. El imaginario colectivo está lleno de sesgos machistas heredados de la televisión, las esferas políticas y una comunicación científica que durante muchos años ha dejado mucho que desear. El resultado es esa idea que reduce la prehistoria a Pedro picapiedra y un batiburrillo de datos curiosos la antigüedad de las cosas.
Ha aparecido en programas de televisión, podcasts, medios, conferencias, y otras iniciativas de comunicación científica para desmontar mitos machistas, como que las mujeres no cazaban o que ésta fuese más importante para la supervivencia de la especie que las estrategias de cooperación y cuidado que se asocian a las mujeres.
Pero su mayor fortaleza son sus libros: Prehistorias de mujeres (Destino, 2022), Pre(historias): cuentos de mujeres que forjaron el mundo (Destino, 2024) y su último libro, Lo que el cuerpo nos cuenta (Destino, 2025). Donde la autora analiza cómo el cuerpo se ha utilizado a lo largo de la historia para manifestar la desigualdad y ejercer opresión política.
Una desigualdad que, como explica la investigadora, no siempre ha estado ahí. Las sociedades han sido más igualitarias durante la mayor parte de la humanidad, y el cuerpo, la ropa, y otros atributos han servido para identificarnos con una tribu, de la misma forma que hoy se lleva una camiseta de futbol o una estética Heavy Metal. Solo cuando empieza la desigualdad social y de género, el cuerpo empieza a cobrar otro significado.
La catedrática de la Universidad de Granada va desgranando estos significados éticos y estéticos con historias coloridas y bien documentadas, como el de las mujeres de la élite de la Edad de Bronce, que se adornaban llevando unas esposas anilladas a los pies que apenas les permitían moverse. O las poblaciones de Guam, que iban desnudas por comodidad y modo de vida, y los Jesuitas vistieron —ademas como gente pobre— para establecer su superioridad en el proceso de expolio y colonización.
Sanchez Romero, que cree en una colaborativa y feminista, no pierde una oportunidad para hacer un guiños a otras investigadoras del campo, dar su opinión o hablar de su experiencia con ese tono de “tu a tú” que tanto la caracteriza.
La investigadora, que también es patrona del Museo Arqueológico Nacional (de España) y forma parte de la Comisión Técnica del Conjunto Arqueológico Dólmenes de Antequera habla con nosotros de ciencia feminista, divulgación, desigualdad y de las batallas que libramos con nuestro cuerpo.
Esta entrevista ha sido editada para mejorar su lectura.
WIRED: Abres el libro con un liberador “¡A mi dejadme en paz que soy una señora mayor!”. ¿Por qué reivindicas esta edad?
Yo de verdad creo que ser una señora mayor es una actitud. Es decir: “yo sé dónde estoy, no me cuentes rollos”, ¿sabes?. A mí me gusta esa actitud, ese desparpajo, porque me permite sacar una sonrisa sin dejar de decir lo que tengo que decir. Además, es lo que me ha permitido escribir este libro que, a lo mejor hace 10 o 15 años no hubiera podido escribir.
WIRED: También hablas de contradicciones, de la complicada relación que tenemos las mujeres con nuestro propio cuerpo. ¿Cómo te ha afectado escribir este libro? ¿Sigues cayendo en contradicciones?
Creo que soy más consciente de que no son responsabilidades, y que se puede mirar de una forma más positiva. Pero sigo teniendo contradicciones. A mi siempre me ha encantado un zapato de tacón, y ahora no me lo pongo, me da igual. He ganado esa batalla conmigo misma. Pero ¿me voy a seguir tintando el pelo? Sí, porque no me veo. ¿Me voy a seguir maquillando? Claro que me voy a maquillar.
Todo esto es muy contradictorio. La relación de las mujeres con nuestro cuerpo tiene mucho que ver con como hemos sido socializadas, qué modelo de mujer se nos ha enseñado y qué mujeres triunfan, y de eso es muy difícil salir. Además hay mucha industria y movimiento económico pendiente de nosotras para que no lo hagamos.
WIRED: Dices que se puede ver de una forma más positiva, ¿en qué sentido?
En el sentido de que no nos sintamos culpables, que seamos amables. ¿Un día no me da la gana pintarme? pues no me da la gana. Estas batallas psicológicas son muy personales. Lo principal es que seamos conscientes de que esa presión nos pasa a todas, que somos y hemos sido socializadas en un modelo estético y ético, y que cada una puede tomárselo como quiera.
Por ejemplo, con los cambios de la perimenopausia yo notaba que no me reconocía. No era una cuestión de que no me abrochase el pantalón. Estoy en una edad en la que ya no me importa como me miran o lo que diga el mundo. Pero sí como me miro yo misma. Así que empecé a hacer ejercicio y cambiar un poco mi alimentación sin obsesionarme. Y ahora me encuentro mejor. El pantalón sigue sin abrocharme, pero empiezo otra vez a reconocerme. Entonces estoy super contenta.
WIRED: En el libro hablas también de tu experiencia con la perimenopausia, que hasta hace poco era un tabú. ¿Por qué crees que está generando tanto interés en los últimos años?
Yo creo que tiene que ver con una generación de mujeres, de mi generación y un poquito mayor, que hemos llegado a esta edad desde posiciones bien asentadas donde podemos hablar de esto sin miedo a la crítica. Porque todo esto antes había que callarlo. La menopausia, el parto, el embarazo.. Era una cosa de nuestra biología que no tenía importancia para el resto del mundo y resultaba incluso desagradable hablar de ello.
WIRED: Muchas científicas sufren críticas y ataques machistas por divulgar conocimiento. ¿Ha sido tu caso?
Todas las mujeres sufrimos machismo porque vivimos en una sociedad que es machista. En mi caso, además, se juntan dos tipos de crítica: Una por estudiar mujeres, porque se considera que hablar de hombres es ciencia y de mujeres, política; y otra por hacer divulgación, que hasta hace poco estaba mal visto en el mundo académico. La gente soltaba su rollo y si el resto del mundo no se enteraba era su problema.
WIRED: ¿Cómo has percibido esa doble crítica?
En mi caso la excusa perfecta era a lo que me dedicaba, porque se consideraba menor en el ámbito académico. Entonces, la actitud que ha tenido mucha gente conmigo es “bueno, no hay que prestarle mucha atención”. Lo que yo hacía era una historia lateral, simpática, curiosa. Pero no la historia de verdad. Es decir, no iba a llegar a ninguna parte porque al final era una chorradita para poner en el cuadrito azul de los libros de texto que dice “también había mujeres”. La historia de verdad la contaban ellos.
Lo que nos pasa a las mujeres: no eres importante porque no haces cosas importantes. Como el cuidado. ¿A qué se han dedicado las mujeres a lo largo de la historia? Al cuidado. Pues eso no es importante. El cuidado no es importante —fíjate lo que llegamos a decir— y por tanto la mujer tampoco es importante.
WIRED: ¿Ha influido en tu carrera?
Sí, pero al final las políticas mandan. Por ejemplo, yo he sido la primera catedrática de prehistoria de la Universidad de Granda, y me acredité en Madrid. Antes se decidía en los departamentos y universidades, donde nosotras no teníamos oportunidad. Desde que las cátedras se acreditan con una comisión que examina tu curriculum en Madrid, el número de catedráticas en España ha subido exponencialmente.
Entonces, ¿tu consideras que lo que yo hago no es importante? vale. Pero con este currículum yo soy catedrática. Por tanto no lo habré hecho tan mal. Además esto va a empezar a cambiar radicalmente porque en los últimos años se han incorporado muchas mujeres que al ámbito de la prehistoria
WIRED: ¿Crees que ha cambiado también la forma de ver la divulgación en las universidades?
Es verdad que con la divulgación ahora estamos en un momento dulce. Hacer divulgación ya no es bajarse de nivel. Aun tenemos museos donde vas de vitrina en vitrina y sales un poco con la misma información que entraste, porque no explican lo que significa socialmente. Pero las cosas están cambiando. Hay países europeos que nos llevan mucha ventaja, pero estamos empezando a entender.
WIRED: Aunque la divulgación esté mejorando, da la sensación de que sabemos muy poco de prehistoria. ¿Se nos ha contado mal en el colegio?
Estamos llenos de ideas que vienen del cine o los dibujos animados. No se nos enseña bien en el colegio. Más allá de la curiosidad de lo antiguo, parece que la prehistoria es algo que no tiene nada que ver con nosotros, y eso hace que la gente se aleje. Yo intento desmontar eso, y la única forma en que se hacerlo es combinando el dato científico con mi opinión. Para que no te quedes diciendo “que curioso”, si no que sientas que la historia te ha tocado en algún momento.
WIRED: Uno de los mitos que más has desmentido es el del hombre cazador y la mujer recolectora. ¿Por qué crees que es importante desmontar esta idea?
Primero porque es mentira. Segundo porque sigue influenciándonos. Decir hombre cazador y mujer recolectora, no es solo hacer una división sexual del trabajo, es hacer una valoración.
WIRED: ¿En qué sentido?
A principios del siglo XX dicen: ¡Cómo vais a votar vosotras si no sois importantes!. Y ¿Como demuestro que no sois importantes? porque la prehistoria fue así. Es decir, está en vuestra naturaleza y no se puede cambiar. Así que los hombres se apropian de lo simbólico y lo productivo: el arte rupestre y la caza, —que tampoco me parece fascinante— pero en ese momento se decide que la caza es como el culmen de la producción humana, y se transmite esta idea de que el hombre hace cosas difíciles y trae recursos a casa mientras la mujer recolecta, que es algo fácil.
Es decir, los hombres son cultura y las mujeres naturaleza, y por tanto nosotras no manejamos tecnología, ni conocimiento, ni innovación, porque a lo que nos dedicamos es al cuidado, que es una cosa casi natural que no necesita un matiz social, político o económico. Y yo explico que no es verdad, que si no hemos visto la tecnología o la innovación fabricar un biberón o hacer tecnologías para alimentarse es porque no le hemos prestado atención.
WIRED: La caza no es el único aspecto que se ha maquillado o mitificado de la prehistoria. En tu obra mencionas otros grupos y formas de vida que han sido ignoradas, a pesar de ser tan exitosas como la nuestra. ¿Qué consecuencias tiene esto en la actualidad?
Lo que yo quiero contar es que cuando miro a la sociedad de la prehistoria la desigualdad es una opción social, no una obligación para la sociedad. No es la única forma que triunfa.
Si queremos seguir manteniendo el estilo de vida que tenemos ahora, la única forma es explotar a otros. Pero es que a lo mejor el estilo de vida que llevamos en la actualidad no es el mejor.
Lo que yo digo es miremos otras opciones que hay en la prehistoria. No nos quedemos en lo que nos quieren vender ahora mismo en este punto porque hay algunos señores que les interesa.
WIRED: En tu último libro hablas también de la descolonización de los museos ¿Qué opinas de ella?
Yo digo muchas veces: ya que lo descolonizamos, por que no lo desmachurilizamos también un poquito. Para mi la clave para descolonizar museos no está en quitar piezas, si no en la historia que se cuenta con esos objetos. Porque puedes contar historias de esclavitud, de enfermedad, de maltrato.. y hacer que la gente que tiene ancestría en otros países se reconozca, como opina Andrés González Busillos, director del Museo de América en el libro.
WIRED: A lo largo de tu carrera has estado en puestos de responsabilidad gestionando iniciativas culturales y de igualdad ¿Cómo ha sido tu experiencia?
Yo siempre he intentado hacer a gestión desde otro sitio. Porque se puede hacer desde muchos sitios, no solo desde la imposición y la violencia. Cuesta trabajo, es más fácil dar un palmetazo en la mesa y decir esto se hace así, que usar la negociación o la persuasión. Pero yo creo mucho en la empatía y el dialogo, en dar y hablar.
WIRED: ¿Te has encontrado alguna actitud machista particularmente molesta?
Había un tipo de hombre que cuando me veía decía: “Uy que jovencita es, ¿no?” y yo les decía: “ No soy tan jovencita, es que que soy arqueóloga y se conservarme muy bien”. Es decir tenía la respuesta preparada para decir por aquí no, y esto los descolocaba.
WIRED: Un liderazgo así requiere cierto grado de seguridad. Pero en arqueología, bien porque no haya o porque no se cuente, da la sensación de que hay pocos referentes feministas. ¿Dónde has encontrado apoyo?
He tenido suerte porque he crecido en un ambiente tanto académico como de gestión en el que éramos mujeres, y eso me ha dado cierto bagaje para saber mandar desde la comodidad.
Además, yo siempre digo que mis referentes son mis compañeras de PastWomen, que hemos ido creciendo juntas. Porque en mi disciplina no había catedráticas o mujeres que dirigieran excavaciones, no había modelos de éxito o había muy pocos. Pero da mucha seguridad saber que hay muchas mujeres pensando juntas desde sitios distintos. Por eso la ciencia feminista es tan colaborativa.
